
Quiero hablarte de algo que veo muy seguido, en la vida, en los vínculos y también en los procesos de cambio: la resistencia que aparece cuando alguien te dice lo que “tenés que hacer” sin invitarte a participar en la decisión.
Esa sensación de que el otro se coloca en un lugar de saber, mientras vos quedás afuera del plan.
Me acordé de una escena muy clara.
Un sábado a la mañana, mientras la casa seguía en obra, vino una paisajista a ver el patio.
Eran las 10, había polvo por todos lados, el portón abierto y restos de parra recién podada.
Ella llegó con su socia, y apenas entró al patio empecé a contarle lo que imaginaba para ese espacio.
Pero antes de que pudiera terminar, empezó a decir:
—“Acá hay que sacar esto y aquello.”
Y sin más, tomó una tijera de podar y empezó a cortar ramas.
Ni me preguntó si quería.
Ni me dijo “¿qué te parece si…?”
Solo actuó.
Nada de lo que proponía me convencía.
No porque estuviera mal, sino porque no era mío.
No me sentía parte.
Y cuando no somos parte, aparece el rechazo, el freno, la defensa.
Yo lo sentí como una invasión.
No me estaba acompañando, me estaba dirigiendo.
Y en ese mismo instante, me vino la resistencia.
Empecé a oponerme a todo:
—“Eso quiero dejarlo.”
—“Ahí no.”
—“Esa enredadera que sugerís no me gusta.”
Y ahí entendí algo importante:
la resistencia al cambio no suele aparecer porque el cambio es malo, sino porque no nos sentimos autoras del proceso.
La resistencia, esa que a veces criticamos, esa que también habita en nosotras, es un mecanismo de protección.
Una señal interna que dice: “espera, esto no lo elegí yo.”
No resistimos el movimiento: resistimos ser movidas sin ser consultadas.
No resistimos que algo cambie: resistimos quedar afuera de la decisión.
No resistimos la transformación: resistimos perder la voz que nos pertenece.
El cambio se vuelve más liviano cuando nos invitan a tomar la tijera, a elegir qué ramas quedan, cuáles ya cumplieron su tiempo y con cuáles queremos seguir creciendo.
Porque cuando la transformación se hace con nosotras y no sobre nosotras, la resistencia se convierte en impulso.
Días después, me escribió para decirme que recién en marzo podrían empezar los trabajos.
Pero nunca más me contactaron, y la verdad, yo tampoco a ellas.
Llamé entonces a otra profesional, Camila, arquitecta y paisajista, la hija de una amiga.
Ella escuchó, tomó nota, me preguntó, propuso, conversamos.
Fuimos construyendo juntas el plan.
Hubo empatía, escucha y colaboración.
Y lo más importante: no hubo resistencia.
Hubo entusiasmo.
Esa experiencia me recordó por qué creo tanto en el poder de las conversaciones efectivas.
Porque no se trata de imponer un cambio, sino de invitar a construirlo.
No se trata de decirle al otro qué hacer, sino de acompañarlo a descubrir su propio camino.
Así trabajamos en Mujeres Mariposas: no desde la imposición, sino desde la palabra que acompaña, que abre posibilidades, que te devuelve el poder de decidir.
Porque cuando te sentís parte del proceso, no hay resistencia posible.
🦋 Si estás lista para transformar tu historia desde adentro, te espero en Mujeres Mariposas, un programa donde cada cambio se construye con vos como protagonista.
Para más información, entrá a este enlace: https://programa.mariaeugeniaguerrini.com/
¡Te veo adentro del Programa!
Con cariño,
María Eugenia Guerrini
Lic. en Servicio Social – Socioterapeuta – Coach Ontológico Profesional