
Iba viajando hacia la provincia de San Luis, en mi país, para visitar a mi hijo que estaba inaugurando un lugar de comida junto a su esposa en Potrero de los Funes. Era un viaje especial, cargado de ilusión, de orgullo y de esa ansiedad linda que se siente cuando uno va a celebrar un logro de un hijo.
Pero en medio de la ruta, entre autos, camiones y el paisaje que se iba abriendo ante mí, vi algo que me atravesó por completo.
Yo siempre hablo de responsabilidad, de hacernos cargo, de comprender que cada elección que hacemos va construyendo nuestra vida… y también puede condicionarla. Y aquello que vi amerita una reflexión profunda.
En plena ruta —una ruta muy transitada— aparece una moto. Iban dos mujeres. Ninguna usaba casco. Eso ya me generó un impacto, porque es una imagen que, lamentablemente, todavía naturalizamos demasiado.
Pero lo verdaderamente conmocionante vino después.
La mujer que iba de acompañante llevaba en brazos a un bebé. Un bebé que no tendría ni un año. Lo sostenía solo con el brazo izquierdo, colgando hacia un costado de la moto. Ni siquiera lo llevaba bien tomado con ambos brazos.
Quedé paralizada por unos segundos.
Si eso sucediera en una ciudad ya sería un acto de enorme irresponsabilidad. Pero en la ruta… en la ruta, donde un segundo lo cambia todo, donde no hay margen de error, donde la vida depende de una elección mínima… ahí la escena se vuelve desgarradora.
Y me quedé pensando:
¿Cuántas veces hacemos cosas en automático sin detenernos a pensar en las consecuencias?
¿Cuántas veces repetimos ese “no pasa nada” tan instalado, tan peligroso, tan engañoso?
“No pasa nada”… hasta que pasa todo.
Hasta que una catástrofe irrumpe y nos enfrenta con aquello que no quisimos ver.
Me pregunté qué estarían pensando esas mujeres al salir a la ruta así.
Y también me pregunté cómo serán en su vida cotidiana:
sus hábitos, sus decisiones, sus formas de resolver, su relación con lo que depende de ellas.
Y recordé una frase de Laín García Calvo: “Como haces una cosa, haces todo.”
Reflexionemos
Esta escena de la ruta no es solo una anécdota. Es un espejo. Es una de esas imágenes que la vida te pone delante para recordarte que, muchas veces, caminamos por la existencia sin medir el impacto de lo que hacemos.
La irresponsabilidad no siempre se ve tan explícita como una moto sin casco y un bebé colgando del brazo.
A veces es más sutil:
– un límite que no ponemos,
– una decisión que postergamos,
– una señal que ignoramos,
– un hábito que sostenemos aunque sepamos que nos perjudica.
El riesgo está ahí, agazapado, pidiendo apenas un pequeño descuido.
Y aun así, seguimos en automático.
Lo inquietante es que muchas de las cosas más importantes de nuestra vida se determinan en esos segundos:
– cuando elijo cómo reacciono,
– cómo me hablo,
– cómo cuido lo que amo,
– cómo me posiciono frente a mis responsabilidades.
La vida no se ordena con grandes actos heroicos; se ordena con elecciones simples, conscientes y repetidas.
Desde mi mirada profesional
Como trabajadora social y coach ontológico, y como acompañante de procesos humanos, veo todos los días cómo los patrones personales se manifiestan en todos los ámbitos de la vida.
No hay compartimentos estancos.
La persona que se arriesga innecesariamente en la ruta suele ser la misma que se arriesga en sus vínculos, en su economía, en su salud, en su vida emocional.
Porque la responsabilidad no es una acción puntual: es una forma de habitar el mundo.
Cuando vemos decisiones imprudentes, no estamos viendo un episodio aislado: estamos viendo una estructura, una manera de funcionar, una historia personal que se repite.
Y ahí aparece lo importante: todos, absolutamente todos, tenemos la posibilidad de revisar nuestros hábitos, cuestionar nuestro “no pasa nada” y elegir una forma de vida más consciente, más presente y más alineada con lo que queremos construir.
La responsabilidad, la verdadera, no es obediencia ni sacrificio.
Es amor.
Amor por uno mismo, por lo que cuido, por quienes me rodean, por lo que estoy creando.
La ruta me dejó esa enseñanza una vez más:
Cada acción habla de nosotros.
Cada elección deja huella.
Y cada día es una oportunidad para hacerlo distinto.
Y mientras seguía mi viaje hacia San Luis, entendí algo más:
no se trata solo de evitar riesgos, sino de aprender a elegirnos.
Elegir cómo queremos vivir, cómo queremos crecer y en qué versión de nosotras mismas queremos convertirnos.
Y ese es, justamente, el corazón del Programa Mujeres Mariposas.
Porque este programa no nació para que “pases un curso”.
Nació para acompañarte a revisar tus hábitos, tu mirada, tus creencias, tus patrones…
y ayudarte a construir una vida más consciente, más auténtica y más libre.
Para que puedas dejar atrás el automático.
Para que puedas soltar esa frase que tantas veces escuchamos —“no pasa nada”—
y la reemplaces por otra mucho más poderosa:
“Sí pasa.
Y yo elijo cómo quiero que pase.”
Si sentís que es momento de cambiar, de mirarte con honestidad, de fortalecerte internamente y de convertirte en la mujer que estás destinada a ser, entonces Mujeres Mariposas es para vos.
Porque transformarte no solo te cambia a vos:
cambia todo lo que tocás, todo lo que creás y todo lo que cuidás.
Como siempre te digo, no tenemos control sobre lo que aparece en la ruta…
pero sí tenemos control sobre cómo la transitamos.
→ Acá podés ver toda la información sobre Mujeres Mariposas
«La vida no se define por lo que evitamos, sino por lo que elegimos hacer conscientemente»
Hablemos y conectemos
Tengo disponibilidad en la agenda para nuevos procesos de acompañamiento, a través de sesiones de coaching individual y familiar.
Si estás atravesando un momento de cambio, querés mejorar la comunicación en tu familia o reencontrarte con tu propósito personal, éste es un buen momento para empezar.
Reservá tu sesión conmigo escribiéndome por whatsapp al +549 2477 683646 o al mail maritaguerrini@gmail.com
Con cariño,
María Eugenia Guerrini
Lic. en Servicio Social – Socioterapeuta -Coach Ontológico Profesional