Hoy, mientras volvía caminando del gimnasio, pasé por el frente de una casa que tenía, enredada en las rejas, una planta de jazmín.
El aroma me envolvió, y automáticamente me detuve a respirarlo más de cerca.
Dicen que los aromas quedan grabados en nuestra memoria emocional, que tienen el poder de llevarnos a momentos que dejaron huella.
Y así fue.

En un instante, el olor a jazmín me transportó a mi infancia.
A la época de los exámenes de piano.

En mi casa había un piano. Era de mi mamá, un regalo de su padre cuando ella era adolescente.
Ella lo consideraba un tesoro, tal vez porque su papá, mi abuelo Rodolfo, falleció poco después.

Como toda niña curiosa, yo también quería tocar. Cada vez que pasaba delante de él, me sentaba en la banqueta, levantaba la tapa, corría la funda verde que cubría las teclas y dejaba que mis dedos se deslizaran.
No sabía tocar, pero soñaba con que de ese instrumento saliera alguna melodía que tuviera sentido.

Mi mamá, feliz con mi entusiasmo, me llevó a estudiar.
Por fin iba a aprender “de verdad”.

La profesora se llamaba Chicha. Había sido también la profe de piano de mi mamá. Era una mujer grande, con voz finita, lo que solemos llamar “voz de pito”. Vivía a dos cuadras de casa, así que yo iba caminando con mis partituras en la mano.

Empecé con entusiasmo, y durante años fui una alumna aplicada.
Pero había un detalle: la carrera para recibirse de “profesora de piano” duraba ocho años.
Empecé a los ocho, y terminé a los dieciséis.

A veces me pregunto por qué no dejé antes.
Y la respuesta, con los años, la fui comprendiendo.

Había mandatos.
Lealtades invisibles.
Ese “lo que se empieza, se termina”. No había opciones intermedias.

¿Cómo vas a dejar si sos tan buena tocando?


Esa necesidad de no decepcionar.
De ser buena.
De cumplir.

Era buena tocando, sí.
Pero no me veía siendo pianista, ni dando clases, ni tocando en público.
No era mi pasión.

Aun así, seguí.
Como muchas veces seguimos en la vida: porque podemos hacerlo, porque somos buenas en eso, porque alguien espera que lo hagamos.
Y no nos detenemos a preguntarnos si eso realmente nos hace felices.

Recuerdo aquellos exámenes de diciembre, unos días antes de Navidad.
En aquella época, las clases terminaban el 30 de noviembre. Y yo, lejos de disfrutar de las vacaciones, tenía que seguir estudiando piano.

El calor, las horas de práctica, las ganas de que pasara pronto.


Y el jazmín. Siempre el jazmín.
Chicha ponía un cuenco con flores de jazmín frescas sobre la mesa, y el perfume invadía toda la casa.
Ese olor quedó guardado en mí como un símbolo de esas épocas en las que brillaba, pero no disfrutaba.

Hoy, cuando un jazmín me sorprende en el aire, no pienso sólo en los exámenes de piano.
Pienso en todas las veces que nos exigimos rendir, aprobar, ser perfectas…
y en cuántas veces lo hacemos a costa de nuestra alegría.

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Con cariño,

María Eugenia Guerrini

Lic. en Servicio Social – Socioterapeuta – Coach Ontológico Profesional