Estuve una hora y cuarto parada en Ezeiza, frente a la puerta de Arribos, esperando que mi hija saliera.
Venía de Europa, con su novio, después de un año sin verla.

Una hora y cuarto puede ser nada… o puede ser una eternidad, cuando estás esperando a alguien que amás.

Mientras tanto, miraba alrededor.
Escuchaba conversaciones al pasar.
Veía padres, madres, abuelos, parejas, nietos.
Personas con carteles hechos a mano, con fotos, con mensajes de bienvenida de todo tipo.
Algunos habían llevado a los perros.
Otros sostenían el celular como si fuera una extensión del corazón, listos para grabar ese momento.

Cada vez que alguien cruzaba la puerta, esa frontera tan simbólica entre lo privado y lo público del aeropuerto,
había un estallido: abrazos que no entraban en el cuerpo, llantos sin pudor, risas nerviosas, manos que buscaban comprobar que el otro era real.

Y yo, en silencio, imaginaba el reencuentro con mi hija.
Pensaba cómo iba a ser ese abrazo.
Si iba a llorar.
Si iba a poder decir algo.
O si el cuerpo iba a hablar antes que las palabras.

También observé a los que llegaban, luego de un largo viaje.
Algunos venían desbordados de emoción, quebrados por el recibimiento.
Otros parecían más indiferentes, más contenidos, tal vez todavía viajando por dentro.
Y pensé en eso también:
en cómo cada uno vuelve como puede,
con la historia que trae,
con lo que tuvo que aprender lejos,
con lo que tuvo que dejar.

Los hijos que se van a vivir al extranjero no solo se llevan una valija.
Se llevan rutinas, sobremesas, domingos, llamados espontáneos.
Y los que quedamos aprendemos una forma nueva de amar:
amar a la distancia,
amar sin presencia,
amar confiando.

Porque dejar ir a un hijo no es perderlo.
Es reconocer que hicimos algo bien.
Aunque duela.
Aunque dé miedo.
Aunque la ansiedad se nos acumule en el cuerpo mientras miramos una puerta que tarda en abrirse.

El regreso, en cambio, no borra la ausencia.
Pero la resignifica.
Nos recuerda que el vínculo está vivo, que el amor no se venció con los kilómetros, que el tiempo no rompió lo esencial.

Cuando finalmente la vi salir, todo lo demás desapareció.
El ruido, la gente, la espera.
Solo existió ese abrazo.
Uno de esos que no se explican.
De esos que ordenan algo por dentro.

Y pensé que, tal vez, Ezeiza no sea solo un aeropuerto.
Tal vez sea un escenario donde se ve, sin filtros, cuánto somos capaces de amar y cuánto estamos dispuestos a soportar por ver a los nuestros crecer, irse y, cuando se puede, volver.


Desde mi mirada profesional

Como profesional que acompaña procesos familiares, no pude dejar de observar lo que estaba pasando más allá de lo visible.

Ezeiza es, muchas veces, un escenario de ansiedad colectiva.
No una ansiedad patológica, sino una ansiedad profundamente vincular.
La que aparece cuando el amor está en juego y no tenemos control.

Los que esperan no están simplemente parados: están sosteniendo un cúmulo de emociones que se mezclan y se contradicen.
Alegría, miedo, alivio, orgullo, tristeza, expectativa.
Todo al mismo tiempo.

Cuando un hijo se va a vivir al extranjero, la familia entra en una reorganización silenciosa.
Cambian los roles, los tiempos, las presencias.
Se aprende a vincularse por pantallas, a celebrar a destiempo, a acompañar sin contacto físico.
Y aunque muchas veces se naturaliza, ese proceso implica pequeños duelos que no siempre se nombran.

La espera del regreso reactiva todo eso.
Por eso el cuerpo se inquieta.
Por eso la mente imagina el abrazo una y otra vez.
Por eso la ansiedad aparece, no como enemiga, sino como señal: esto que estoy esperando es importante para mí.

También es interesante observar las diferencias en quienes llegan.
No todos expresan la emoción de la misma manera.
Algunos lloran, otros sonríen, otros se muestran distantes.
Desde lo vincular, esto no habla de falta de amor, sino de estrategias emocionales distintas para volver, para reinsertarse, para volver a ocupar un lugar que ya no es exactamente el mismo.

Los reencuentros no son solo encuentros.
Son reacomodamientos.
Cada regreso obliga a renegociar vínculos, espacios, expectativas.
Y ahí es donde muchas familias necesitan tiempo, paciencia y conversación.

Acompañar estos procesos implica entender que amar también es tolerar la incertidumbre, y que la ansiedad, cuando se la escucha, puede transformarse en información valiosa sobre nuestros vínculos.


Hablemos y conectemos

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Si al leer esto sentís que la distancia, los reencuentros, las despedidas o los cambios en tu familia están movilizando emociones que no sabés bien cómo ordenar, quiero que sepas que no tenés que hacerlo sola/o.

En las sesiones de coaching de familia trabajo acompañando estos procesos: los duelos silenciosos, las reorganizaciones vinculares, las conversaciones pendientes y las nuevas formas de estar cerca cuando la vida cambia.

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Con cariño,

María Eugenia Guerrini

Lic. en Servicio Social – Socioterapeuta -Coach Ontológico Profesional