El cambio es posible cuando cambiamos la manera de observar y de interpretar el mundo que nos rodea.

Porque cuando cambiamos la manera de ver y de interpretar las cosas que nos suceden, lo que vemos cambia, aunque todo siga siendo igual para los demás, para nosotros ya no.

Y aquí debemos conectar no sólo con el deseo de hacer ese cambio, sino con la voluntad, el compromiso y la disciplina, para que las acciones que hagamos nos lleven al lugar donde queremos ir.

Conectar con el placer nos hace más fácil el camino, pero siempre con un objetivo claro.

Funcionar desde la obligación no sirve, el camino es más lento y penoso. Conectar desde el deseo nos da más fuerza para perseverar. Y es más poderoso aún si nos imaginamos cómo nos sentiremos al realizar los cambios, si nos deleitamos por adelantado a los resultados.

Pero puede suceder que en el camino aparezcan emociones negativas como el miedo, la duda, el enojo, la frustración. Debemos combatirlas con emociones positivas de mayor intensidad. Conectar con la alegría de saber que el cambio es posible puede ser una buena opción.

Saber también que si repetimos durante 30 días lo nuevo que queremos incorporar a nuestra vida, pronto se transformará en un hábito y pasará a formar parte de nosotros.

Saber que los pequeños cambios pueden producir grandes resultados.

Creo que el secreto está en volver a vincularnos con lo que nos hace bien, con lo que nos da placer, con las pequeñas cosas que nos hacen sentir vivos. Escuchar más a nuestro cuerpo y comprometernos con la mejora continua.

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