Era una tarde dominguera y triste de abril, acababa de cesar la lluvia. Los rayos del sol con sus pinceladas rojas, anaranjadas y amarillas penetraban por la puerta corrediza de chapa y vidrio, que daba al patio de la casa de la abuelita Aita. Todo invitaba a salir corriendo a chapotear en los charcos del atractivo jardín, pero un particular olorcito a buñuelos recién cocidos y el calor del hogar encendido envolvían el ambiente en una atmósfera única y
peculiar que detuvieron nuestro gran deseo de salir a jugar.

Con su tranco lento y armonioso, como quien no tiene apuro alguno, la abuela Aita se dirigió a su sillón vaivén de mimbre con una bandeja que desbordaba de delicateses. Prendió una luz tenue de una lámpara, del año vaya uno a saber cuál.

Sin decir palabra alguna, ya estábamos todos sentados en la alfombra de cuero de vaca, frente a la chimenea. Ni Flora, la gata, podía perderse ese momento; invadidos por esos aromas, que hasta hoy continúan presentes en mi memoria olfativa.

Y comenzó con su suave voz, una de sus tantas historias que alguna vez alguien también le contó…
Dicen que allá muy lejos, en épocas donde las mujeres aún usaban largos vestidos, corsets y peinados abultados; vivía una joven y extraña doncella con mucho dinero.

Quienes la conocieron juraban que su belleza era exótica. Alta, delgada, de tez blanca, cara alargada, nariz quizás un poco prominente y sus ojos turquesas, mezcla del cielo y el verde de las praderas; que encandilaban a quien la miraba. Lo más llamativo, más que su mirada, parecía ser su sonrisa que nunca desaparecía de su rostro.
Dicen también que era imposible no amarla por su gran amabilidad y generosa personalidad.

Algunas lenguas viperinas comentan que su rareza se originó en su obsesión por las puertas. A tal punto que un día decidió construir su casa solo con puertas. No tenía un plano, ni una lógica matemática, solo imaginaba cómo sería; porque si algo tenía claro es que concluir su casa de puertas le llevaría toda una vida. Y un día así , sin más , puso manos a la obra.

Entre valles y montañas, sobre kilómetros de praderas color verde esmeralda; con lagos y ríos, que daban al paisaje inimaginables matices sinusoidales. Allí, comenzó a edificar su sueño.

Las primeras puertas eran altas, rectangulares y cuadradas , algunas con alguna curva superior; todas de maderas macizas, talladas a mano, con herrajes en hierro forjado, aldabas de rostros épicos se veían de vez en cuando. Verdaderas esculturas.

Según transcurría el tiempo, los modelos iban cambiando en forma y materiales.

Aparecieron bellísimas combinaciones con cristales transparentes que dejaban ver su interior; otras completamente de vitraux, que hacían del ambiente un arco iris infinito. Las más modernas, eran cada día más simples, funcionales y con alegres colores; con llaves pequeñas o sin ellas. Se cuenta además, que lo llamativo es que todas esas puertas tenían sus nombres tallados o impresos. Sí, nombres como : infancia, esperanza, amor, amistad, alegría, duda, miedo, egoísmo, desamor, celos, empatía, abandono, oscuridad, aceptación, dolor, autoestima, libertad, tristeza, maltrato, evolución, soledad, respeto, valentía y muerte, entre muchos otros.

Casi todas con sus respectivas llaves, que la gentil señora llevaba consigo en una especie de pequeña carretilla diseñada para tal fin.

Dicen por ahí, que algunos críticos de arte, la consideraron una gran obra de arte, una reliquia, una evolución histórica de puertas.

Todas las mañanas soleadas, se tomaba el trabajo de abrir cada una de sus puertas para asear la habitación contigua y así los rayos de luz conocieran su hogar. Cuentan sorprendidos como el sol esos días no quería darle lugar a la Luna.

Contrariamente, en días de lluvia, cerraba sus puertas. Dedicaba el día entero simplemente a escuchar y disfrutar del melódico vibrar de las diferentes superficies; que la misma lluvia y el viento generaban sobre robles, metales y cristales. ¡La casa entera se convertía en un xilófono inmenso!

La gigantesca mansión fue tomando forma de un intrincado laberinto, con diferentes jardines, que se disponían, cada tanto, entre ambiente y ambiente. De estos nacieron las más raras y extravagantes plantas y flores.
En los días fríos de inviernos, se disponía a leer y escribir junto a la compañía de sus dimensionados helechos. En los días cálidos disfrutaba el florido de sus espacios abiertos, donde mariposas, abejas y colibríes realizaban su visita cada tarde de primavera y verano.

Y así transcurrían sus días, abriendo y cerrando puertas. Cada tanto cerraba alguna para siempre, y cuando eso sucedía, la noche duraba dos días. Luego jamás intentaba abrirla, le ponía candado, una cerradura o un enorme cartel para no olvidar su decisión; pero aun en esas largas noches su sonrisa jamás desvanecía.

Habían pasado muchos años, y la gente al pasar, observaba con asombro ese monumental laberinto de puertas y flores. Esta singular señora, tan crepuscular por esos tiempos, les daba la bienvenida invitándolos a conocer su hogar y compartir su sabroso té con las únicas e inconfundibles galletitas de limón y chocolate. Algunos se animaban y preguntaban cuál fue el motivo de no seguir un estilo en su construcción. A otros les intrigaba saber
cómo una simple mujer pudo construir una casa tan grande. El por qué y el para qué, eran quizás las preguntas más frecuentes. Ella solo sonreía, y les servía con su fina tetera, un delicioso té.

La noticia corrió por pueblos vecinos y nadie quería perder de disfrutar de esa merienda con galletitas, en esas tardes de lluvia, en ese lugar novedoso , en esos patios increíbles.

El tiempo pasaba y por esa fabulosa mansión, transitó infinita cantidad de personas.
Muchos solo pasaban, algunos se quedaban algún tiempo; pero solo a muy pocos, invitó a
hospedarse allí.

Lo que más le llenaba el alma a su dueña, era ver su escultural casa llena de niños corriendo por sus patios, abriendo y cerrando puertas, preguntando cómo hacer para llegar a la salida del laberinto; y ella, solo les sonreía.
Dicen las leyendas que en sus corazones siguen las huellas de esa sonriente anciana y su hogar. Y así fue, como la historia se popularizó de abuelos a nietos, de padres a hijos por generaciones y generaciones hasta el día de hoy.

Algunos rumorean que hasta sus últimos días, hizo construir nuevas puertas porque no
imaginaba su vida sin éstas.

Una tarde siendo ya muy anciana, acarreando como pudo su carreta de llaves, sacó una que jamás había usado y abrió la más hermosa de sus puertas. Ésta, tenía la particularidad de no estar basada en reglas. Usó sus manos y un gran compás para que se pareciera lo más posible a un gran círculo.

Miró hacia atrás y observó a cada una de todas sus puertas, aún las clausuradas. Todas le recordaban el motivo de por qué y para qué fueron puestas allí.

Cuentan los dichos populares que rió tan fuerte, que sus carcajadas se escucharon por toda la pradera, valles, montañas a kilómetros de distancia. Luego, solo sonrió y se fue por la puerta más bella para nunca aparecer .
Comenta la gente, que dicen los lugareños, que ese majestuoso laberinto de puertas y jardines se fue con ella y que jamás nadie pudo volver a ver.

Ya había oscurecido, como en un abrir y cerrar de ojos. Los rayos de sol ya no iluminaban el ambiente y el fuego de la chimenea se estaba apagando. Desde la cocina mamá nos llamó a cenar.

– ¡Abuela Aita!, nos quedamos con la intriga de saber, qué había detrás de cada puerta.
La abuela Aita, nos miró dulcemente y con su voz cansada nos dijo:
– En la vida van a ver y con suerte a construir muchas puertas. Algunas serán más bellas y
las querrán abrir millones de veces; otras, por el contrario, serán feas y solo querrán cerrarlas con la sensación de nunca volver a abrirlas. Pero en todas hay que entrar y ver qué nos espera del otro lado; a su tiempo y sin apuro.
Siempre tendrán la posibilidad de cerrar una y no volver si así lo desean, como tendrán también la opción de abrir otras nuevas. Y sin darse cuenta estarán construyendo su propio laberinto.

Porque la vida, nietecitos míos, se trata es eso. Vivir todos los momentos que nos lleguen, agradeciendo los felices y aceptando los tristes también. Y si nos animamos a atravesarlos, éstos nos dejarán una gran enseñanza.
En su poder tienen las llaves. Elijan con sabiduría y amor cuáles usar, para que con cada puerta que abran o cierren, construyan el mejor laberinto de sus vidas.

Nos dió un bello y tierno abrazo, como ella nos solía dar luego de cada historia; y corriendo nos fuimos hacia la mesa de la cocina.

Abuela Aita se levantó despacio y con su tranco lento se alejó hacia la puerta del jardín.

Todos recordamos cómo en ese momento, esa puerta tomó forma circular y la Abuela Aita, con una enorme sonrisa en su rostro, simplemente la atravesó.

¿Cuántas puertas estamos dispuestos a mantener abiertas, cuántas cerramos para jamás volver a abrirlas?
Mientras hay vida hay deseo y éste nos impulsa a abrir una nueva, diferente pero nueva al fin.
Las puertas y sus simbolismos.

Andrea N. Juárez

 

Andrea Juarez, la autora de este cuento, es una joven mujer, madre de una bella niña, de profesión kinesióloga especializada en niños, que en sus ratos libres se sienta a escribir y crea estos relatos que son maravillosos.

Trabajamos juntas en la misma institución, lo cual ha facilitado que, en más de una oportunidad, hayamos compartido alguna que otra charla sobre la vida y sus circunstancias.

Cuando me envió este relato y lo leí, supe que tenía que compartirlo para que muchas personas se pudieran deleitar con él.

Está inspirado en su abuela y en los recuerdos que fueron llegando a su mente mientras escribía.

Cuenta Andrea que las palabras fluían libremente y se fundían con los recuerdos de sonidos, sabores, sensaciones, emociones, vivencias.

Leí este cuento en un espacio de encuentro que generé en mi cuenta de la red social Instagram, en vivo todas las noches de lunes a viernes a las 23 hs, hora argentina, para leer textos que nos permitan reflexionar, interactuar, emocionarnos, compartir, reír. ¡Y decidí publicarlo en mi blog!

Te invita a la reflexión desde las primeras palabras.

Construir puertas. Abrirlas. Cerrarlas. Volver a abrirlas. Dejarlas atrás. Volver. No volver. Dejarlas entreabiertas. No animase a soltar.

Como un juego de niños.

Es que así es la vida. Un juego con algunas reglas, con algunas libertades, con decisiones tomadas, con otras por tomar, con errores, con aciertos. En fin…

¿Qué simboliza la puerta para vos?

¿Cuántas puertas construiste en tu vida?

¿Cuántas te animaste a abrir y a atravesar?

¿Qué encontraste del otro lado?

A medida que las atravesabas, ¿fuiste cerrando las que quedaban atrás o algunas siguen abiertas?

¿Es para vos la vida un laberinto?

¿Cuál es tu propio laberinto?

¿Te perdés en él o encontrás fácilmente la salida?

Hay quien cierra para siempre sus puertas con llave y candado. ¿Alguna de tus puertas está cerrada así?

La vida, parece, se trata de cerrar puertas viejas que ya no nos son útiles para nuestro viaje, y de abrir puertas nuevas que vamos construyendo a medida que avanzamos.

Pero a veces no las cerramos.

¿A qué seguís aferrada que no podés cerrar la puerta que dejaste atrás para poder mirar hacia adelante y avanzar?

¿Qué es lo que está adelante que no te atrevés a mirar? ¿Qué emociones se te presentan?

Cada puerta, en el cuento, tiene un nombre. ¿Cómo se llaman tus puertas?

¿Por qué creés que hay que construir puertas y atreverse a travesarlas? ¿Para qué sirven las puertas? ¿Por qué son todas distintas? ¿Por qué algunas son más bellas?

Hasta sus últimos días de vida, la protagonista estuvo construyendo puertas.

¿Cuál será la última puerta que abrió al final de su vida?

Cuando se acaba una etapa, se abre la posibilidad de ingresar a una nueva. Por eso es necesario cerrar esas puertas que ya no nos sirven para continuar el viaje de la vida. Añorar el pasado o quedarnos en él nos impide disfrutar el presente y proyectar hacia adelante.

Cerrar puertas. Perdonar. Liberarnos del resentimiento, de la bronca, del odio. Soltar. Dejar ir. Desprenderse.

Cerrar puertas. Crecer. Madurar. Hacernos más sabios.

Abrir puertas. Cambio. Posibilidad. Amor. Autoestima. Autoconocimiento. Futuro. Proyectos. Planes. Oxígeno. Vida.

Que puedas construir y atravesar las más bellas de las puertas.

Con afecto.

María Eugenia Guerrini

 

6 respuestas

  1. ¡Gracias María Eugenia!
    Gracias por haber publicado este cuentito , construido desde los sentimientos.
    Gracias por tus reflexiones.
    Gracias porque estos espacios son muy importantes , más en estos tiempos.
    Gracias por ver en el otro el potencial y ayudarlos a brillar.
    Te quiero.
    Andrea.

  2. Me encantó el cuento! Me hace muy bien escucharte y leer todo lo que públicas me transmite mucha paz y más claridad en mis creencias y pensamientos.A valorarse como me lo merezco , y a perdonarme gracias mucha luz.Que bueno que te encontré nada es casualidad es causalidad .

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