¿Por qué en el Siglo XXI la guerra sigue siendo una opción posible para resolver conflictos entre países? ¿Será que la humanidad aún no aprendió?

¿O será que también la seguimos considerando en nuestra vida cotidiana?

¿Acaso no hay “guerras” entre vecinos, entre bandas, entre políticos, entre familiares, entre compañeros de escuela, de trabajo, etc.?

Es momento de que nos despabilemos y nos apuremos a tomar una decisión que será trascendental para la humanidad.

Nos urge aprender a resolver problemas y conflictos desde el amor, desde la empatía, desde el respeto por uno mismo y por el otro.

Nos urge aprender a dialogar, a discutir sin insultar, sin violencia, sin querer tener siempre la razón o pensar que lo que yo digo o hago es lo mejor.  Nos urge aprender a escuchar de manera comprometida.

¿Por qué la guerra? ¿Por qué matar a “mi hermano”, a mi par? ¿Porque es diferente, porque no piensa como yo, porque “no me da lo que quiero o no hace lo que yo digo”?

¿Qué intención se esconde tras la guerra? Será como tan sabiamente dijo Eduardo Galeano: “Las guerras mienten. Ninguna guerra tiene la honestidad de confesar´yo mato para robar´. Las guerras siempre invocan nobles motivos: matan en nombre de la paz, en nombre de la civilización, en nombre del progreso o de la democracia”. Y yo agrego, también se ha matado en nombre de Dios.

¿Qué nos falta aprender después de tantas guerras que ha vivido la humanidad, después de tanta sangre que se ha derramado a lo largo de los siglos?

¡Cuánto nos falta todavía para poder dialogar de manera asertiva con el que piensa distinto! Hablar, escuchar, comprender objetivamente, ponerme en el lugar del otro, ser consciente de mis emociones, tomarme un momento para reflexionar, no actuar impulsivamente.

¡Cuánto nos falta para correr a nuestro ego del trono y darle lugar a nuestro ser!

La guerra, la violencia no es la solución. Ambas son devastadoras.

¿Sabías que la palabra violencia deriva del latín vis, que significa “fuerza, poder”? Dijo mi querido profe, el psiquiatra Marcos Berstein, que “la violencia es una fuerza destinada a sojuzgar a otros para el beneficio y la satisfacción del deseo de uno. Amenaza la existencia del otro y apunta a lograr que el otro ceda y se adapte a uno.

La violencia apunta a tener al otro bajo control. Los otros dejan de ser semejantes y se transforman en instrumentos para usar o en enemigos a los que hay que destruir.”

Llevemos este concepto a la guerra. ¿Será que los países que dicen ser más poderosos necesitan demostrar ese poder que dicen tener porque se sienten impotentes? ¿Será que como no saben alcanzar sus objetivos de manera pacífica y consensuada buscan hacerlo con la violencia?

Ahora, en este punto de la reflexión, yo me pregunto: ¿adónde se aprende a resolver conflictos pacíficamente, a aceptar al otro tal cual es, a escuchar, a hablar sin gritar, a ser amoroso? 

Se aprende en casa. Desde que nacemos vamos incorporando las creencias, los mandatos, la forma de ser y de resolver las distintas situaciones de nuestra familia, sobre todo de los adultos que nos crían y educan. Luego se suma la sociedad, la escuela, la iglesia, el club y todos los ámbitos en donde empezamos a movernos.

Nos dicen cómo son las cosas y cómo deberían ser. Nos marcan un camino. Y además aprendemos lo que vemos, aunque no se corresponda con lo que nos dicen que debemos hacer.

Otras formas de violencia con las que crecimos, sobre todo en Argentina, son la corrupción y la impunidad. Eso nos violenta a todos, sin embargo, nos vamos acostumbrando y algunas personas hasta llegan a admirar a los corruptos.

Entonces, frente a esta situación, creo que es necesario replantearse cuáles son nuestros valores, los que sustentan nuestras vidas. Revisar y cuestionar nuestras creencias, nuestros pensamientos, nuestros sentimientos, nuestros afectos, nuestros sueños, nuestra actitud ante los otros, nuestras responsabilidades, nuestra conducta ante el sufrimiento propio y ajeno cuando éste se presenta. 

Tal vez sea el momento de preguntarte si tus decisiones están siendo coherentes con tus acciones, con lo que querés para vos y tu familia, si estás eligiendo con responsabilidad y haciéndote cargo de tus elecciones y decisiones, si estás actuando moralmente o utilitariamente, si estás comprometido/a con la sociedad y con el mundo que habitamos, o si sólo te estás beneficiando sin importar lo que provocás con tus actitudes y acciones.

Tal vez puedas preguntarte si estás comprometido/a con alguna causa en común, si te preocupa la sociedad, la humanidad, o si sólo querés pasarla bien siendo indiferente a toda otra cuestión.

Nuestras decisiones, nuestras elecciones, nuestras acciones no nos son indiferentes a nosotros ni al mundo. Tienen una consecuencia. Y tenemos que aprender a hacernos cargo.

¿Cómo te tratás a vos mism@? ¿Y a tu pareja? ¿Y a tu familia? ¿Y a tus vecinos? ¿Y a tu jefe? ¿Y a tus empleados?

La guerra no es sólo tirar bombas. Hay muchas formas de guerra. Lo vemos diariamente en la televisión y en los portales de noticias. Hasta hace un tiempo se vendía la “guerra entre famosos”, ¿te acordás? Lo denominaban así porque obviamente era una estrategia de marketing.

No tenían en cuenta que el lenguaje crea realidad. Con el lenguaje creamos la realidad que deseamos. Tenemos que ser muy cuidadosos con las palabras que decimos, porque podemos llegar a ver materializado eso que declaramos. 

Ahora bien, frente a toda esta reflexión me pregunto y te pregunto: ¿qué creés que podemos hacer? ¿Qué puedo hacer yo desde mi lugar? ¿Qué podés hacer vos desde el tuyo?

Todos tenemos nuestras propias guerras. ¿Qué armas usás para resolverlas? ¿La palabra? ¿El diálogo? ¿La escucha? ¿La educación? ¿O la violencia?

“Mucha gente pequeña, en lugares pequeños, haciendo cosas pequeñas, puede cambiar el mundo” Eduardo Galeano.

Es nuestra misión.

Te leo en los comentarios.

3 comentarios

  1. Excelente nota sobre la guerra. Todos se enfocan en las causas y consecuencias, te muestran imágenes terribles pero no te llevan a reflexionar
    Gracias Eugenia!

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